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“Pero, ¿esto qué es Jaime? ¡Deja de una vez de tocarlo todo!” dice a voz en grito una mamá mientras observa el caos en que su pequeño ha convertido el salón recién ordenado…

“Ana, si sigues moviéndote en la silla y haciendo ruidos, ¡te vas de la clase!” amenaza seriamente la profesora.

“Cualquiera queda con nuestros amigos a cenar; menuda vergüenza con Pablo en el restaurante el otro día, que no paraba quieto…”  se lamentan unos padres.

Jaime, Ana y Pablo son un claro ejemplo de  lo que los padres describen muchas veces como ‘niños movidos’. Se trata de niños con un exceso de movimiento, con dificultades para controlarse y adaptarse a los límites tanto en el entorno de su hogar como en el colegio, que desde esa sobreactivación actúan con impulsividad y sin prestar mucha atención a lo que se les dice.

Lo que estas conductas provocan en los adultos, bien sean los padres o los profesores, es enfado y también una sensación de incapacidad para manejar a esos niños y más aún para entenderlos. No solemos tener en cuenta en estos casos, donde las más de las veces los ambientes que estamos ofreciendo a los niños no son precisamente entornos emocionalmente armónicos que favorezcan la calma y la conciencia del momento. Por el contrario las prisas, los horarios de trabajo difíciles de conciliar para los padres y su propio estrés crean un clima de irritación que los niños perciben y absorben poniendo fuera después esa ansiedad a través de una mayor actividad motora.

En las aulas, el ambiente no es mucho mejor. La exigencia  de dar rendimientos sin respetar los tiempos de aprendizaje de cada niño y los modelos educativos basados en escuchar y no en experimentar suponen un reto para los pequeños que,  cansados y aburridos, manifiestan su malestar moviéndose y actuando disruptivamente.

Riesgos que corre un pequeño inquieto

En la actualidad, ser ‘niño movido’ entraña varios peligros. Por un lado, el de poder ser etiquetado a la ligera como niño hiperactivo al que, a través de una pastillita milagrosa, podemos reconducir al buen camino.  Hay que tener cuidado con esto porque un diagnóstico de Hiperactividad, con o sin Déficit de Atención, pasa por una serie de pruebas clínicas, algunas de ellas a nivel neurológico, que así lo señalen.

El otro peligro es que los padres a menudo tiran la toalla a la hora de ejercer como educadores. No saben entender que los excesos de movimiento e impulsividad de sus hijos son solo el síntoma de una inquietud que requiere de una contención por parte de ellos a través de pautas educativas claras y consistentes, hábitos y ritmos de vida estables y un modelo de autocontrol que transmita a estos niños cómo hacer frente a lo que viven sin que las circunstancias les arrastren. Obviamente para esto se necesitan padres y profesores emocionalmente competentes que les sepan contener y se conviertan para ellos en modelo de autocontrol y autorregulación de la excitación que el ambiente les transmite.

Recordemos por tanto que un ‘niño movido’ no es identificable con un niño hiperactivo y que hay cosas que padres y educadores en general podemos hacer para reconducirlo. Si has probado todo y no logras mejorar el nerviosismo de tu hijo, las especialistas de ITER Planet pueden ayudarte. Manda tu consulta a la dirección de correo electrónico redaccion@clavelocal.com y podrás leer la respuesta el próximo miércoles en este Consultorio de Psicología.

iterplanet_logo_0Paloma López Cayhuela y Gloria González Urueña
Psicólogas de ITER Planet
Centro de Psicología  y Crecimiento Personal
660 603 809 / 636 768 463