Janina Rekłajtis: “Sentía vergüenza de decir que había estado en Auschwitz”

Hemos querido transcribir una aproximación lo más fidedigna posible al testimonio ofrecido esta mañana por esta católica polaca superviviente de Auschwitz en el colegio villanovense Kolbe para contribuir a su propósito de extender un mensaje de concienciación frente al mal de tal manera que nunca vuelva repetirse algo así.

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“Nací en Varsovia y vivía allí cuando entraron los alemanes. Introdujeron el terror desde el primer día. Las primeras acciones se dirigían contra la inteligencia y la cultura polacas porque querían una sociedad de esclavos, sin pensamientos.  Auschwitz fue creado en 1940 para personas conflictivas; pero, en seguida se convirtió en una fábrica de muerte.

Durante 5 años viví el terror. Los alemanes organizaban redadas y hacían arrestos arbitrarios, sencillamente cortaban una calle y arrestaban a todos los que estaban por allí. Unos eran mandados a campos de trabajos forzados, otros a campos de concentración. Se instauró la regla de la Responsabilidad Colectiva, de tal manera que cualquier acto de oposición a las normas impuestas se traducía en represalias masivas.

El 1 de agosto de 1944 en toda Varsovia estalló un levantamiento; el segundo después del alzamiento del gueto en abril del 43. Hitler se enfadó mucho y ordenó a Himmler destrozar la ciudad y eliminar a los rebeldes en un castigo que pretendía ser ejemplarizante. Empezó la masacre, había matanzas en las casas, los hospitales…

En agosto de 1944, el encargado de suprimir el levantamiento ordenó el traslado de mujeres y niños al campo de Auschwitz-Birkenau. Soldados alemanes, ucranianos y bielorrusos nos sacaron de casa dispensándonos un trato cruel y humillante. Nos hacían abrir las maletas para robar lo que querían, les sacaban los anillos a las mujeres y, muchas veces, tiraban de sus pendientes arrancándoselos e hiriéndolas. Nos reunieron en una plaza durante varios días y, luego, nos llevaron a un campo de tránsito a las afueras de Varsovia. De ahí, nos introdujeron en vagones de ganado hacia un destino desconocido. En cada vagón iba mucha gente”.

Aterrizaje en Auschwitz

“Estuvimos viajando dos o tres días hasta que llegamos a Auschwitz. Los soldados alemanes nos instaban a bajar al grito de ¡Fuera bandidos polacos! Dormimos en suelo de barro. Al día siguiente fuimos al baño. Separaron a las mujeres de los hombres, aunque a los niños menores de 13 o 14 años les dejaron quedarse con las mujeres. Nos desnudaron y nos quitaron todas nuestras pertenencias.

A los 10 años vi por primera vez a una persona desnuda, a decenas de personas, además de mi madre. En el baño se alternaba el agua fría y caliente. Seguidamente, nos cortaron el pelo de todas las partes de nuestro cuerpo. Cuando me tocó a mí el corte de pelo, me volví histérica. Entonces la resistencia castigaba a los colaboracionistas así y ¿si yo no había colaborado con el ocupante, por qué me iban a cortar el pelo a mí?

«Sufrí hambre, humillación… No
sabía nada de agua o jabón durante meses. Dormíamos 6 u 8 niños apiñados en colchones de paja y cubiertos con
una única manta»

Nos registraron y repartieron vestidos y zapatos usados. A mí me tocaron los calcetines de una niña de 5 años y un zapato de cada número. Nos colocaron el winkel, el mío era rojo con la letra P de preso político. En el campo, mi madre estaba encargada de sacar los excrementos tirando de un carro como una bestia de tiro mientras un soldado alemán se situaba a su lado con una fusta.

Mi madre se encontraba en el bloque femenino y yo en el infantil. Las visitas estaban controladas y cronometradas. Si nos pasábamos de tiempo, nos azotaban. Los niños no asistían a clase, no había papel, ni libros, no se podía leer, ni escribir, ni comunicarse. Sufrí hambre, humillación… No sabía nada de agua o jabón durante meses. Dormíamos 6 u 8 niños apiñados en colchones de paja y cubiertos con una única manta.

Las raciones de comida eran mínimas. Por la mañana nos daban un trozo de pan con margarina y, más tarde, un agua con hojas e insectos al que llamaban sopa. Pero había que luchar por conseguir la ‘sopa’, por lo que los más débiles no siempre la conseguían. A los dos meses de llegar, fuimos otra vez al baño, nuevamente alternando agua caliente y fría. Entretanto, nos aseábamos con agua de lluvia como podíamos. En los barracones, las ratas corrían por encima de nosotros mientras dormíamos, había mucha suciedad e insectos. Los niños se estaban convirtiendo en animales”.

El traslado al campo subalterno

“En enero del 45, el ejército rojo se acercaba a Auschwitz y se empezó a evacuar a los prisioneros para trasladar la mano de obra a otros campos. Acabé en uno de los campos subalternos de Sachsenhausen y pude reunirme con mi madre. Mi padre murió de hambre en otro campo y a mi hermano se lo llevaron a trabajar en las canteras.

Tenía 11 años cuando llegué a Berlín-Renickendorf. Las condiciones eran menos duras. Yo ayudaba a la limpieza del campo y mi madre estaba en la cocina. Berlín-Renickendorf fue liberado a finales de abril del 45 por el ejército rojo. Viví los bombardeos de Berlín y recordé el inicio de la guerra, cuando sufríamos los bombardeos alemanes sobre Varsovia.

«En mi mentalidad infantil, un castigo
ha de corresponderse con un delito y yo había sido castigada en aquel lugar, pero no sabía qué delito había cometido»

A principios de mayo, algunas mujeres y sus hijos decidieron regresar a Polonia. Estuvimos caminando varios días, hasta que cruzamos un río y subimos a un tren que nos condujo a Varsovia. El regreso fue una decepción porque nuestra casa había sido destruida. Encontramos un papel con un nombre y una dirección en la que se hallaba mi hermana, que logró evitar el campo de exterminio y se alojaba con unos familiares lejanos. Estaban en un piso de 30m2 y éramos 20 personas“.

Consecuencias de la guerra

“Meses después, mi madre compró una habitación, pero todo escaseaba. La guerra conlleva destrucción, humillación, desesperanza, muerte, enfermedad… La guerra destruyó parte de mi vida, me quitó la infancia e influyó n mi vida adulta. Yo, claramente, no lo he contado todo aquí, aunque lo que sí es importante es decir que no había ninguna salida legal de Auschwitz-Birkenau. La única salida eran los crematorios, la muerte, nos decían. Los crematorios funcionaban todos los días y los judíos eran las principales víctimas.

«Tengo miedo de que se repita
y quiero contar a los jóvenes todas estas cosas porque vosotros sois el futuro y tenéis que hacer todo lo que sea para que no vuelva a suceder una cosa así»

Evité la muerte dos veces. La primera, gracias a la decisión de no eliminar a mujeres y niños como represalia por el levantamiento de Varsovia, sino enviarnos a Auschwitz en su lugar. La segunda, cuando me sacaron de Auschwitch para actuar de mano de obra en otros campos ante la inminente llegada del ejército rojo.

Después de todo, estuve mucho tiempo avergonzada de haber estado en Auschwitz. En mi mentalidad infantil, un castigo ha de corresponderse con un delito y yo había sido castigada en aquel lugar, pero no sabía qué delito había cometido. Ahora sigo teniendo miedo, por eso vengo aquí, tengo miedo de que se repita y quiero contar a los jóvenes todas estas cosas porque vosotros sois el futuro y tenéis que hacer todo lo que sea para que no vuelva a suceder una cosa así”.

Aunque este relato es verdaderamente escalofriante, Janina Rekłajtis lo ha contado con una serenidad admirable. Si queréis escuchar su voz, junto a la de su traductor Enest Kowalczyz (del Instituto Polaco de la Cultura), podéis pinchar en el vídeo de abajo, donde recogemos el instante donde se presenta a los jóvenes alumnos del Colegio Internacional Kolbe de Villanueva de la Cañada: